Por Gabriela Bloise

18/08/2017

Consejos culturales comunitarios en la península de Yucatán

Dialogar con los miembros de las comunidades mayas es un deleite.

 

Hemos pasado la última semana teniendo conversaciones con cada uno de los actores que las conforman: niños, jóvenes, maestros, directores de escuelas, ancianos, autoridades, madres de familia, etc.  

Todos ellos tienen algo en común. Aman a su comunidad y quieren lo mejor para ella.

Sin embargo, las opiniones acerca de cómo lograrlo son diversas.

Por un lado, un director de telesecundaria me explica elocuentemente cómo lo mejor que podemos ofrecer a los niños y jóvenes hoy en día es acceso a las nuevas tecnologías, a los idiomas de la globalización: inglés, francés…. De esa manera, podremos darles las herramientas para conseguir un buen empleo, mantener a su familia, formar parte del progreso y a la modernidad.

 

Por otro lado, escucho a un anciano de la comunidad. Habla de cómo las nuevas generaciones necesitan conservar las tradiciones, aprender lengua maya, trabajar en la milpa, conectarse con sus raíces y con las voces de la naturaleza.

Una madre de familia me explica cómo tener instalaciones deportivas en la plaza podría ofrecerle a su hijo mejores oportunidades para dedicar su tiempo libre a actividades recreativas.

Las autoridades municipales me cuentan sobre la importancia de mantener la plaza tal y como está: con sus hermosas fachadas antiguas, la iglesia, el convento, ese paisaje espectacular, de postal, que es patrimonio cultural del estado.

Me queda claro que sus opiniones no son contradictorias, aunque pudieran parecerlo. ¿Se puede tener una comunidad en la que se conserve el patrimonio cultural al mismo tiempo que se apunta al progreso? Claro que sí. Es cosa de ponernos de acuerdo.

Y es entonces que me doy cuenta del enorme potencial de los Consejos Culturales Comunitarios, esos espacios en donde prevalece la escucha, el diálogo y la empatía. En el que nos damos cuenta que nuestros diferentes puntos de vista pueden coexistir y potenciarse unos a otros. En el que nos hacemos preguntas que nos hacen reflexionar y –sobre todo- actuar.

Un espacio en el que lo que surge es creado por cada uno y en el que construimos juntos una comunidad en la que todos ganamos.