Por Gabriela Bloise

21/02/2017

Generar un sentido de comunidad incluyente

A lo largo de todo el mes de enero, tuve la gran fortuna de ser facilitadora del programa dia Comunidad para los Profesionales de Enseña por México en los estados de Puebla, Guanajuato y Baja California Sur. Siempre es una experiencia muy grata tener un espacio de formación con estos jóvenes líderes, llenos de iniciativa y que desde el primer momento te contagian de esperanza y compromiso por ofrecer una verdadera educación de calidad a nuestros niños y jóvenes, así como de crear verdaderos espacios comunitarios dentro de las escuelas.

En una de estas formaciones en el estado de Puebla surgió un tema a través del diálogo que me pareció fascinante. Todo inició cuando comenzamos a explorar el concepto de comunidad.

Comenzamos hablando de cómo cada día es más difícil generar un verdadero sentido de comunidad en las escuelas y de lo importante que es lograrlo para que los miembros que la conforman generen un sentido de identidad y pertenencia que los invite a sentirse responsables de cuidar, valorar y transformar su entorno.

El diálogo continuó hacia la importancia de conservar las raíces, de sentirse orgulloso del lugar del que provenimos y promover las tradiciones y costumbres que nos hacen sentir parte de un grupo ya sea porque compartimos un espacio geográfico, una forma de pensar, una nacionalidad, raza, religión, género o lo que sea.

Hasta ahí todo bien. Todos estábamos de acuerdo. Pero de repente empezamos a explorar qué es lo que sucede cuando este proclamado “sentido de pertenencia” es llevado al extremo. Nos encontramos ante una disyuntiva, pues nos dimos cuenta que en ocasiones, en este afán de propiciar el orgullo por pertenecer a una comunidad, llevamos esta intención a un extremo tal, que nos volvemos excluyentes y arrogantes. Esto genera un efecto contraproducente en el cual, si no formas parte de esta cultura, forma de pensar, raza, religión, género, preferencia sexual, es decir, si no eres como yo, entonces no vales o vales menos.

Y ya que lo comenzamos a profundizar, nos dimos cuenta que este “sentido de pertenencia excluyente” (así decidimos llamarlo) era la causa de muchos de los problemas actuales en el mundo en los cuales las personas han crecido tan pero tan arraigadas y “orgullosas” de ciertos rasgos de su cultura que son incapaces de reconocer y empatizar con otras formas de pensar o actuar. Incluso, llegan a sentir repulsión por quienes son diferentes al punto tal de cometer actos de odio, violencia y exclusión con tal de conservar aquello que es “suyo” y no de los “otros”.

A partir de estas interesantísimas reflexiones, llegamos a la conclusión de que el enorme reto que tenemos en nuestro rol como agentes culturales de cambio en las comunidades en las que trabajamos es cuidar y promover este delicado balance entre reconocerme valioso por ser quién soy y por pertenecer a la comunidad a la que pertenezco y conservar una mente abierta para reconocer lo valioso en el otro y en otras comunidades diferentes. Generar un sentido de identidad y comunidad al mismo tiempo que fomentamos la inclusión, el aprecio por la diversidad y el sentido de pertenencia a una comunidad más grande y global: la humanidad.