Por La Vaca

11/10/2017

Un bálsamo de arte para derrumbes

Por Alberto Manuel Sánchez


 

Dos terremotos azotaron a gran parte de México en septiembre de 2017.

 

Siguieron días y noches de incertidumbre, miedo, impotencia, rabia y llanto. De no tener suficientes palabras para expresar nuestros sentimientos agrietados como paredes. O de tener demasiadas palabras. De nuestra necesidad de expresar lo ocurrido; para digerirlo, procesarlo, entenderlo y darle un significado.

 

¿Qué pasó? ¿Por qué se movió la tierra tan feo? ¿Por qué se cayeron las casas? ¿Por qué brincaron los coches? ¿Por qué les salieron grietas como relámpagos a los muros y a las calles? ¿Por qué ocurren los terremotos? ¿Por qué nos tocó a nosotros?

 

Emociones colapsadas. Sobredosis de sentimientos. Si los adultos nos sentimos así, ¿cómo se sentirán nuestros pequeños? ¿Cómo les explicamos el terremoto? ¿Cómo nombrar esta dura experiencia que nos marca para siempre?

 

Una amiga me contó que le pidió a su pequeña sobrina que dibujara lo que sintió en el terremoto. La niña dibujó un gigante. “A su paso, todo se iba cayendo”, explicó. Sí, somos una mota de polvo en el universo, lo que nos recuerda nuestra humildad.

 

Así mismo, un primo me dijo que de tanta información y mensajes que recibió en su celular a raíz del terremoto del 19 de septiembre de este año, de lo que más agradece es un cuento para niños en PDF: Cuando la tierra se movió, publicado en Chile, por motivo del sismo acaecido allí el 27 de febrero de 2010. Le gustó el título. También le gustaron las ilustraciones.

 

Su hijo de nueve años había estado más inquieto e irritable desde el último terremoto en México. Por la noches, le costaba mucho conciliar el sueño. Corría por la casa, brincaba, hablaba y jugaba solo, veía cómics de superhéroes, lloraba sin motivo aparente. Estaba insoportable. Y mi primo también. “Estoy insoportablemente deprimido. Me siento como quizá la gente se siente después de una guerra: buscando sentido a todo esto”, me confesó.

 

Sin embargo, se dijo: Ya sé cuál será el cuento de esta noche antes de irnos a la cama; espero que no sea contraproducente. E invitó a su hijo a sentarse a su lado, ante la computadora. Comenzó a leerle ese texto chileno que, de manera amena, ayuda a entender el terremoto y sus efectos en nuestros sentimientos.

 

El niño se tranquilizaba con la lectura, como si le estuvieran haciendo ‘piojito’ en la cabeza y la espalda. De pronto, pidió a su papá leer una página del cuento: “Tú lees una y yo otra”. Así continuaron, hasta finalizarlo. El texto es interactivo, pero, ya era tarde para hacer todas las actividades que propone; no obstante, el pequeño se imaginaba haciéndolas: fue lo que más le gustó de ese librito. Al acabar el relato, se relajó y pidió irse a la cama. Benditas y mágicas palabras, pensó su padre. “Ese cuento fue un bálsamo para mi hijo y para mí, nos vino de maravilla leerlo juntos”, me dijo mi primo. “Me quedé profundamente dormido a su lado hasta el día siguiente”.

 

Las palabras, de las cuales mi primo estaba harto por sentir que recibía demasiadas con el temblor; las palabras que se le cayeron con el terremoto, volvieron a recuperar su sentido gracias a un sencillo y creativo cuento, gracias a una expresión artística de lo incomprensible que nos sucede alrededor.